Entendiendo el Segundo Imperio

Artículo autoría y responsabilidad del Lic. Luis Fernando Mata Agredano.

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Un día como hoy, 10 de Abril, pero de 1864, en los salones del Castillo de Miramar, un Archiduque de Austria, hermano menor del Emperador de Austria y miembro de una de las dinastías más antiguas y tradicionales de Europa, aceptaba el ofrecimiento que le hacía una Delegación Especial para gobernar una exótica tierra que alguna vez gobernaron sus antepasados españoles; una tierra de la que en Europa se oía poco, pero que al parecer había sido la última víctima del imperialismo de la pujante República Norteamérica, y que era víctima de una guerra civil crónica que a la sazón había obligado a Inglaterra, España y Francia a intervenir para proteger sus “intereses” en dicha Nación.

            El hasta entonces Archiduque Maximiliano (que al momento mismo de su aceptación de la Corona de esa exótica Nación llamada México renunciaba a sus derechos dinásticos en Austria por acuerdo hecho el día anterior con su hermano el Emperador) poco sabía de la verdadera situación en que se encontraba el país que había aceptado gobernar, y la verdad es que la Delegación nombrada por la llamada Junta Superior de Gobierno del Imperio Mexicano y presidida por el conservador José María Gutiérrez de Estrada, firme defensor de la opción monárquica de gobierno desde la formación del Partido Conservador en 1848, poco había informado al nuevo Emperador. A partir de éste momento, el Emperador Maximiliano iniciará una larga travesía que le llevara a cumplimentar su destino y encontrar su final en el Cerro de las campanas tres años después.

            Sin embargo a 150 años de éste histórico suceso, y aún a pesar de las enormes repercusiones que tuvo este momento en la Historia de México y su impacto considerable en el desarrollo de la Historia Universal; el “llamado imperio” carece de una verdadera investigación objetiva que nos permita conocer la verdadera realidad de dicho intento de normalizar la existencia del Estado Mexicano. Ambos bandos en guerra se culparon unos a otros del desastroso final de la aventura imperial de Maximiliano.

             Los liberales como gobierno triunfante, responsabilizaron de la Intervención y de sus consecuencias al Partido Conservador, cuyos miembros eran catalogados por José María Iglesias como “traidores” e “imbéciles” reduciendo su programa político a la ridiculez más completa y utilizando sus mismas palabras el imperio había “sido el resultado de un aborto. Enclenque, raquítico y destartalado, (tendría) una vida enfermiza y una temprana muerte.”[1] Será esta la visión histórica que subsistirá en la mayor parte de la literatura histórica liberal y la que se imprimirá en mayor sentido en toda la historiografía oficial del periodo que se llegará a conocer simplemente como “La Intervención Francesa” para de esa manera enfatizar la percepción del régimen imperial como un gobierno que nos vino de afuera y que era extraño a la indeclinable trayectoria de México para consolidarse en una República Federal y Representativa.

Edouard_Manet_022      Por su parte, los Conservadores tampoco se esforzaron mucho por defender el trágico imperio. Por una parte, resentidos por las políticas liberales y conciliatorias del Emperador, aseguraban que la perdición de éste había sido precisamente prescindir de aquellos elementos que sustentaban la Monarquía, como lo eran el Partido Conservador, el Ejército y la Iglesia Católica. De ésta manera, fueron pocos los conservadores que empuñaron la pluma para hablar del Imperio y más pocos aún los que pretendieron defender el legado Imperial. En éste tenor, Francisco de Paula y Arrangoiz, quizá el autor de la versión conservadora más acabada sobre el Imperio, defenderá al Partido Conservador, lavándole las manos de cualquier culpabilidad relacionada del Imperio, pues asegura que una vez en el Trono, Maximiliano hizo a un lado a quienes lo habían traído a México, prefiriendo a liberales moderados y ex republicanos pues “el saber, las cualidades morales, todo desaparecía ante los ojos de Maximiliano cuando se era conservador[2]” y el fracaso del Imperio y muerte de Maximiliano se debieron principalmente a “la imprevisión del emperador de los franceses, a la ignorancia completa de sus ministros de las cosas de México; a la conducta de sus generales, (…) y a la ceguedad de Maximiliano arrastrado por consejos de aventureros extranjeros y de mexicanos que no eran monárquicos” tratando de gobernar México “desde París y a la francesa”[3].

           Sin embargo, si el Imperio había sido algo externo, algo que nos fue implantado desde fuera o como insistiría la versión liberal más radical “(falto) de raíces mexicanas y de apoyo local para el proyecto imperial, salvo por parte de los traidores y los despistados[4]”; ¿Por qué en diversas partes del país el régimen fue recibido tanta popularidad, al grado de que aún después de caído el Imperio aún permanecieron algunos elementos sin pacificar, como el llamado Tigre de Álica en la sierra de Nayarit? Esta versión de los hechos tampoco explica la existencia de cerca de 100 mexicanos que entre 1864 y 1867 actuaron como “ministros, consejeros de Estado, visitadores imperiales y comisarios, miembros de la Suprema Corte de Justicia del Imperio, y algunas otras agencias importantes del gobierno como la Junta Protectora de Clases Menesterosas y el Tribunal de Cuentas”[5]?

          Respecto al primero de los puntos, la existencia del apoyo popular por lo menos nominal de gran parte de la población mexicana pone en duda la versión de aquellos que aseguraron el Pueblo de México se había levantado unánimemente en contra de la tiranía del austriaco y su banda de aventureros. Al toparse con esta situación, los historiadores liberales recurren, en ocasiones con grandes incongruencias a argumentos pre-fabricados: la manipulación del pueblo por parte de las autoridades, principalmente las eclesiásticas, la ignorancia, la indiferencia política del mexicano promedio, etc.; sin embargo resulta mucho más pausible la versión sostenida por Bulnes y Zamacois, describiendo un “sector importante de la población, agotado por el desorden y la anarquía de los años precedentes, como potencialmente imperialista[6]”. Bulnes incluso sostenía que las actas de adhesión al Imperio, contrario a los establecido por la historiografía liberal, no habían sido extraídas a sangre y fuego:

          “La mayoría de las actas de adhesión fueron voluntarias. La mayoría de la nación no creía ya que la intervención comprometía la independencia, y el resto, exceptuando el enérgico grupo liberal, estaba hasta por perder la independencia con tal de llegar a conocer el derecho de propiedad, el respeto a la vida humana y a la libertad personal, la inviolabilidad del trabajo, el sueño sin pesadillas, la autoridad sin brutalidades, las leyes sin desgarraduras, los tribunales sin consignas ni venalidad[7]

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            Zamacois aseguraba que no se podía tachar a los imperialistas de traidores o de “falta de patriotismo[8]”; el país estaba “ávido de paz, cansado de las guerras fraticidas que lo habían empobrecido y destrozado durante 43 años; firmemente persuadido de que sin auxilio extranjero nada se podía cimentar[9]”. El imperio representaba entonces una esperanza de paz y orden y era por esto que las poblaciones se habían adherido masivamente al nuevo régimen[10].  

          Tenemos también, simultáneo con la aceptación tácita del grueso del pueblo mexicano, un número importante de mexicanos “activos” durante el Imperio. Muchos de éstos “imperialistas[11]” se habían adherido a las filas del imperio de manera automática: Líderes militares conservadores que habían mantenido la lucha aún después de la derrota en Calpulalpan en 1861 y que por la hostilidad del gobierno republicano, no tuvieron más opción que acercarse al ejército francés una vez iniciada la lucha (Leonardo Márquez y Miguel Miramón se encuentran entre éstos); así como monárquicos exiliados como José María Gutiérrez de Estrada y José Hidalgo y Esnáurrizar[12]. Para otros sin embargo la decisión fue más difícil: Liberales moderados y republicanos como José Fernando Ramírez[13] y Pedro Escudero y Echanove quienes aseguraron en epístolas personales y declaraciones posteriores que adherirse al Imperio había sido “el más grande sacrificio que (habían) hecho en vida, y el más caro servicio que (habían) hecho a la Nación[14]”.

           Las razones que llevaron a muchos liberales a adherirse al Imperio son muchas y muy variadas: Generalmente estaban cansados de la “conversión de la política en una lucha descarada, ininterrumpida y desgastante por el poder, que corrompe las buenas costumbres, trastocaba las funciones del hombre público e impedía que mantuviesen el orden y la tranquilidad[15]”, por lo que la elevación del Trono por sobre una mera silla presidencial parecía en cierta manera necesaria (por el momento al menos), pues “el Trono a diferencia de la Silla Presidencial, no podía ser botín de levantamientos armados ni de triquiñuelas electorales[16].” Desde éste punto de vista, los liberales moderados “habían intentado salvar a la Reforma ‘del naufragio de la República’ para que cuando ésta resurgiera – pues la monarquía no podía ser más que temporal -, pudiera llevarse a cabo un arreglo nacional sobre amplias bases definitivas[17].”

              José Fernando Ramírez             Muchos de éstos liberales también resentían aún las secuelas del trauma ocasionado por la Guerra con Estados Unidos, por lo que veían la cooperación con Francia, aún cuando les disgustaba la presencia de las tropas francesas en territorio nacional, como un mal necesario para evitar el expansionismo norteamericano que ya había arrebatado a México la mitad de su territorio y amenazaba, por lo menos ideológicamente, en destruir a la Nación Mexicana; de ésta manera José Fernando Ramírez escribirá que no hay nada peor que vivir en una ciudad ocupada por norteamericanos en una carta dirigida a Francisco Elorriaga en Septiembre de 1847.

                 Aquellos liberales que habían renunciado a la República para unirse al Imperio, no eran tampoco personajes de segunda categoría, sino políticos experimentados que conocían perfectamente la política mexicana: José Fernando Ramírez, futuro Ministro de Estado y Asuntos Exteriores del Imperio, fue diputado federal en 1842, senador en 1845 y 1847, y Ministro de Relaciones Exteriores en 1846[18]. Jesús López Portillo, futuro prefecto político de Jalisco, fue alcalde Guadalajara, diputado del Congreso de Jalisco en cuatro ocasiones, Senador y Diputado Federal en una ocasión y Gobernador del Estado de Jalisco en 1852, antes de ser derrocado por el pronunciamiento de José María Blancarte. Ambos fueron exiliados por Santa Anna en 1853 por ser contrarios al régimen.

           Algunos de éstos también participaron como Diputados al constituyente de 1856, como en el caso de José Fernando Ramírez, José María Cortes y Esparza y Pedro Escudero y Echanove, y se habían separado del grupo de los “puros” al considerar que la destrucción de los remanentes de un sistema obsoleto, difícilmente asegurarían que el nuevo sistema funcionara. Pensaban que para que funcionaran las reformas, los gobiernos postrevolucionarios (entiéndase la Revolución de Ayutla) necesitaban levantarse frente al principal problema de la época: asegurar “progreso dentro del orden y libertad dentro de la ley[19]”; Los futuros imperialistas estaban menos interesados en las formas y postulados, y tal y como diría el General López Uraga a un reportero francés: “No hemos tomado partido contra ninguna forma de gobierno…Pero tampoco adoramos a ninguna. A nuestros ojos un gobierno vale no por sus formas, sino por sus obras; su origen nos importa menos que el objetivo y sus principios menos que sus fines. Todo gobierno incapaz es culpable. Las buenas intenciones de un gobierno no representan circunstancias atenuantes[20]”.

           Es por estas razones anteriormente expuestas, que no se puede proseguir con la línea argumental de que el Segundo Imperio Mexicano fue un régimen extraño e impuesto a la fuerza a todos los mexicanos, y que la afirmación de que “México se refugió en el desierto” mientras seguía a un Juárez y sus veintiún inmaculados con el Archivo de la Nación a cuestas, es simplemente la versión histórica que convino a los liberales triunfantes del siglo XIX, para justificar su feroz resistencia hacía el régimen imperial.

            Contrario a la ideología liberal plasmada por Iglesias en sus Revistas y repetida como dogma de fe de la religión civil que fue apuntalada con la historia patria de la “Gran Década Nacional”, los mexicanos que apoyaron el imperio, los imperialistas, no eran ni imbéciles ni traidores, sino políticos mexicanos que esperaban solucionar los problemas de México, y vieron en el régimen de Maximiliano la oportunidad para lograrlo. De ésta manera, el Imperio nos deja un legado sumamente extenso en cuanto a los intentos y proyectos que los imperialistas mexicanos deseaban aplicar con la esperanza de que ayudarán al País a salir adelante, desde nuevas divisiones territoriales del país, hasta Leyes de los Contencioso-Administrativo y el Código Civil, pasando por las ya conocidas leyes sociales de Maximiliano: La Ley de Liberación del Peonaje, el Decreto de Fundos Legales y la Ley de Instrucción Pública.

            El Imperio debe ser visto pues, desde una óptica conciliatoria, como un régimen de excepción por su forma, pero que forma parte del mismo universo de gobiernos liberales que el de Juárez, Lerdo de Tejada y Díaz. El Imperio fue el campo de prueba de algunas teorías políticas y también de algunas medidas gubernamentales, que posteriormente y en forma irónica serían retomadas por los “científicos” de Díaz[21].

            Finalmente podemos afirmar, que el Imperio sirvió como prueba definitiva para la formación de un Estado Nacional Mexicano, no por el simple hecho de que haya “confirmado” la vocación republicana del pueblo de México, sino porque de las cenizas de la Guerra Civil, el gobierno republicano adoptó por fin una política de conciliación[22] y desarmado por completo la oposición conservadora, los políticos liberales dirigidos primero por Juárez y después por Lerdo de Tejada y finalmente por Porfirio Díaz, pudieron realizar los proyectos que llevarían al México de finales del siglo XIX a una época dorada de desarrollo y progreso, utilizando precisamente los principios “imperialistas” de menos política y más administración.

            Una vez reconciliada la historia nacional con el Segundo Imperio, y aceptada su importancia para la consolidación del México moderno, muchos de los prejuicios del mexicano serán derrotados.

max pensamiento

[1] Iglesias, José María; Revistas Históricas sobre la Intervención Francesa en México, Editorial Porrúa, S.A., México, 1987, p. 444.

[2] Arrangoiz, Francisco de Paula de; México desde 1808 hasta 1867, Editorial Porrúa, México, 1999, p. 595.

[3] Ibid., p. 7

[4] Pani, Erika; El “llamado imperio”: La construcción historiográfica de un episodio de la memoria nacional; Revista “Secuencia” número 49, enero-abril de 2001, p. 95.

[5] Pani, Erika; Dreaming of a Mexican Empire: The Political Projects of the “Imperialistas”;  Hispanic American Historical Review 82:1; Duke University Press, 2002, p. 4.

[6] Pani, Erika; El “llamado imperio”, p. 95.

[7] Bulnes, Francisco; El Verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el Imperio, Editora Nacional, México, 1973, p. 281.

[8] Zamacois, Niceto de; Historia de México desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, escrita a la luz de todo lo que de irrecusable han dado a la luz los más caracterizados historiadores, y en virtud de documentos auténticos, no publicados todavía, tomados del Archivo Nacional de México, de las bibliotecas públicas y de los preciosos manuscritos, que hasta hace poco existían en los conventos de aquel país; J. Parres y Compañía Editores, México, 1882, t. XV, p. 834.

[9] Ibid., t. XVI, p. 189.

[10] Pani, Erika; el “llamado Imperio”; p. 96.

[11] Término preferentemente utilizado por la Doctora Erika Pani para nombrar a los mexicanos, liberales y conservadores, que apoyaron activamente al Imperio de Maximiliano.

[12] Pani, Erika, Dreaming, p. 4.

[13] Incluso, José Francisco Ramírez había pintado su casa se negro en señal de duelo, cuando los Emperadores llegaron a México.

[14] Pani, Erika, Dreaming, p. 4., citando la carta dirigida por Pedro Escudero y Echanove a Mariano Riva Palacio, el 18 de Noviembre de 1864. Mariano Riva Palacio era el padre del General republicano Vicente Riva Palacio; que aunque liberal igual que su hijo, no tenía problemas en asistir a las tertulias y bailes en palacio, pues aseguraba que “(aprobaba) de la política que hasta aquí (había) descubierto el Emperador, de sus maneras en particular, etc.” (Pani, Erika, El Proyecto de Estado de Maximiliano a través de la Vida Cortesana y del Ceremonial Público, Revista Historia Mexicana del Centro de Estudios Históricos del Colegio de México, volumen 45, número 2, México, 1995, p. 429.

[15] Pani, Erika, Para Mexicanizar el Segundo Imperio, Ideario Político de los Imperialistas, El Colegio de México y el Instituto de Investigaciones Históricas “Dr. José María Luis Mora”, México, 2001., p.44.

[16] Ibid., p. 317.

[17] Sierra, Justo; México. Su evolución social. Síntesis de la historia política, de la organización administrativa y militar y del Estado económico de la federación mexicana; de sus adelantos en el orden intelectual, de su estructura territorial y del desarrollo, y de los medios de comunicación nacionales e internacionales; de sus conquistas en el campo industrial, agrícola, minero, mercantil, etc., Inventario monumental que resume en trabajos magisteriales los grandes progresos de la Nación en el siglo XIX. J. Ballesca y Compañía, México, 1900, p. 298.

[18] Ernesto de la Torre Villar; Semblanzas de Académicos. Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana. México, 1975, p. 313

[19] Pani, Erika, Dreaming, p. 10.

[20] Ibidem, p. 11.

[21] Interesante resulta la enorme similitud de los proyectos “imperialista” y “científico” y lo hace notar Pani en su obra: Dreaming, p. 28.

[22] Después de la caída del Imperio, muchos imperialistas fueron exiliados, sin embargo una vez ya muerto Juárez, una amnistía logró repatriar a muchos de ellos, que murieron en México. Incluso algunos siguieron participando en la política como Manuel Dublán y Manuel Payno.

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LA CORONACIÓN DE UN LIBERTADOR

El día de hoy, 21 de Julio, es un día de gran fiesta para los monarquistas mexicanos; quizá el mayor después claro del día de la Independencia, el 27 de Septiembre. Un día como hoy pero hace ya 191 años, fue coronado solemnemente en la Catedral Metropolitana de México el Gran Soldado de la Patria, el hijo predilecto del Anáhuac: Su Alteza Serenísima Don Agustín de Iturbide y Aramburu como Emperador de México.

Dicho acto, no es sino el claro agradecimiento que la Nación le otorgó a su Libertador, a aquella persona que con un ingenio inigualable supo romper finalmente el yugo que nos unía con la vieja metrópoli española. Es el resultado de la proclamación popular que había elevado a la Cesárea Magistratura a Don Agustín hacía ya dos meses; acto éste que fue ratificado por el Soberano Congreso Constituyente de la Nación Mexicana y que ahora terminaba por sancionar en la Ceremonia que tendría lugar en el más sagrado recinto de los mexicanos.

La ceremonia religiosa, presidida por el Obispo de Guadalajara en ausencia del Primado de México, se realizó de acuerdo a los rituales y ceremonial previstos por el Pontifical Romano y por lo tanto fue de plena validez dentro de la misma Iglesia Romana.

Para revivir aquel fastuoso día, recurramos a la narración del historiador que nos regala una visión del que quizá ha sido el momento más glorioso de la historia de nuestro país:

Amaneció, por fin, el 21 de julio, que fue domingo, y día señalado para la coronación, apareciendo engalanada la ciudad en virtud del bando que la víspera había publicado el jefe político de la capital, quien ordenaba repiques en todas las iglesias y salvas de veinticuatro cañonazos cada hora para solemnizar el acontecimiento del mismo día. Variáronse un tanto las formas del ritual para la coronación, suprimiendo el previo ayuno por espacio de tres días, así como el acto de ser la potestad eclesiástica la que confiriese la corona , quitando , además , la palabra vasallos para sustituirla con la de súbditos.

En la catedral todo estaba dispuesto para el acto de la coronación; habíanse levantado tribunas, doseles y tronos, y la abundancia de cortinajes, de alhajas valiosas, candiles de plata y centenares de luces daban al interior del templo insólita y extraordinaria magnificencia. Entre ocho y nueve de la mañana, reunido el Congreso, se dirigió á ocupar el puesto que se le tenía destinado, y poco después todas las corporaciones, á cuyo frente iba el ayuntamiento, se reunían para dar séquito al emperador, que salió de su habitación con la emperatriz, precedido de tropa de caballería y de infantería, y entre una valla dé soldados colocada en el trayecto que había de recorrer la comitiva. En llegando á la catedral dos obispos recibieron al emperador y los condujeron bajo palio á un primer trono acompañados de todo el cabildo eclesiástico. Procedióse á la ceremonia después de colocadas en el altar las insignias imperiales; al empezar la misa celebrada por tres obispos, el emperador y la emperatriz , ya revestidos con el traje propio, se dirigieron á las gradas del altar, donde el ministro consagrante les ungió según las prevenciones del ritual; bendijéronse luego las insignias, y el presidente del Congreso, tomando la corona, la colocó sobre la cabeza de Iturbide y éste en la de la emperatriz; ocuparon entonces un trono grande dispuesto al efecto, y el obispo celebrante, dichas las últimas preces , volvióse á la concurrencia y exclamó en alta voz: ¡Vivat Imperator in Aeternum! á que contestaron los asistentes: “¡Viva el Emperador y la Emperatriz!”

Pasados el sermón y el ofertorio, continuó la ceremonia acercándose el Emperador y la Emperatriz al altar para depositar en él las ofrendas tradicionales, que consistían en dos cirios, con trece monedas de oro el uno y el otro con trece de plata, dos panes también de plata el uno y el otro de oro, y por fin un cáliz.

El Presidente del Congreso tomó la corona y la colocó sobre la cabeza de Su Majestad; acto seguido, el Emperador coronó a su esposa. Después los monarcas de México ocuparon los tronos dispuestos para la ocasión. Cuando el obispo terminó la misa de consagración, los emperadores depositaron en el altar las ofrendas tradicionales. 

Concluida esta ceremonia, el jefe de los reyes de armas en alta voz exclamó: —El muy piadoso y muy Augusto Emperador Constitucional primero de los mexicanos, Agustín, está coronado y entronizado: ¡viva el Emperador!— Los concurrentes respondieron: — ¡Viva el Emperador y viva la Emperatriz!

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La Entronización de un Héroe

Artículo de uno de nuestros miembros con motivo del aniversario de la Entronización de S.M.I. Agustín, esperamos sea de su agrado:

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http://luisfernandomataagredano.wordpress.com/2013/05/19/la-entronizacion-de-un-heroe/

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Tradicional Altar de Muertos temático de los Imperios Mexicanos

El día de ayer el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, celebró un concurso de Altares Tradicionales de Día de Muertos, resultando ganador el Altar presentado por alumnos del Departamento de Historia de la División de Estudios Históricos y Humanos (Facultad de Historia), con el nombre conceptual de “Muerte del Primer y Segundo Imperios Mexicanos”, en el cual presentaron como ofrendas algunos de las aportaciones culturales de ambos episodios Imperiales, como los Chiles en Nogada del Primer Imperio y la Comida de Cuatro Tiempos, incorporada al servicio de restaurantes mexicanos durante el Segundo Imperio.
De ésta manera, se ha presentado una medida activa en el rescate de la Memoria Imperial y sus aportes. Felicidades a los estudiantes de historia por su trabajo y contribución. Orgullosamente CUCSH-UdeG.

 

FOTOGRAFIAS DE: https://www.facebook.com/PrensaCUCSH

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El verdadero costo de las Monarquías. Comparación México-España.

Al tener PIB’s sumamente similares (México 1.16 trillones de dólares y España 1.49 trillones de dólares), una comparación entre los gastos de ambos Ejecutivos de éstas naciones es sumamente aprovechable. Los datos arrojan los siguientes resultados:

I. Costo Anual de la República Mexicana:
– Sueldos para el Presidente de la República Mexicana y pensiones a ex-presidentes, sin contar el presupuesto con el que cuenta la Presidencia para funcionar – $20’551,012 USD
– Salario del Secretario de Gobernación – $230,997
– Presupuesto de la Presidencia de la República – $155’233,642
– Presupuesto de la Secretaria de Gobernación – $1,417’418,657
– Costo de la Elección Presidencial – $1,242’430,162 (repartidos en seis años)

TOTAL ANUAL REQUERIDO PARA SOSTENER LA JEFATURA DE ESTADO Y DE GOBIERNO EN MÉXICO $1,800’506,002 USD (Mil Ochocientos millones quinientos seis mil dos dólares).- 16.02 dólares al año por mexicano.

II. Costo Anual de la Monarquía Española:
– Presupuesto de la Corona incluyendo los salarios de S.M. el Rey y S.A. el Príncipe de Asturias y el sostenimiento de toda la Casa Real incluyendo gastos de representación y personal de la Jefatura del Estado Español – $10’763,606 USD.
– Sueldo del Presidente de Gobierno de España – $101,883
– Presupuesto de la Presidencia de Gobierno – $562’939,200
– Presupuesto del Ministerio de Interior – $ 289’529,299
– Costo de elecciones para Rey o Presidente de Gobierno – $0.00

TOTAL ANUAL REQUERIDO PARA SOSTENER LA JEFATURA DE ESTADO Y DE GOBIERNO EN ESPAÑA $863’333,988 USD (ochocientos sesenta y tres millones trescientos treinta y tres mil novecientos ochenta y ocho dólares).- 18.19 dólares al año por español.*

*Tómese en cuenta que la población de México duplica la población de España.

DATOS: Presupuesto de Egresos de la Federación 2012 y Presupuesto de Egresos del Estado Español 2012.

RESULTADO. LA MONARQUÍA ESPAÑOLA ES UN POCO MÁS DE UN 50% MÁS ECONÓMICA QUE LA REPÚBLICA MEXICANA.

Comparar a España con sus vecinos republicanos en Europa sólo abrirá más la brecha. Francia o Alemania e incluso Portugal e Italia tienen presupuestos más altos para el sostenimiento de sus Poderes Ejecutivos que la Monarquía Española y pues la comparación máxima llega cuando se comparan los 1.4 BILLONES!!! de dólares que se destinan a la Presidencia de los Estados Unidos de América o los 146 millones que destina Francia al mismo rubro contra los apenas 50 millones de dólares que se destinan para el sostenimiento de la Monarquía Británica…¡Casi veinte veces más en el caso americano y pues tres veces más con los franceses!, y eso que son las dos repúblicas más antiguas del mundo.

Estados Unidos gasta cerca de $1’500,000 en el salario del actual mandatario y de las pensiones de los expresidentes aún vivos (compárenlo con los más $ 20’000,000 que gasta el Estado Mexicano en los mismos rubros y verán que nuestros Presidentes si viven como reyes por trabajar seis años de su vida), En cambio el Gran Duque de Luxemburgo (el país con mayor PIB per cápita) recibe un sueldo único de $840,000 y la Reina de Holanda (con mucho menor PIB que Estados Unidos o México) recibe $1’080,270, siendo de los monarcas con mayor sueldo del Mundo. La Reina Isabel no recibe sueldo, sino que sus sostenimiento es hecho con las rentas del Ducado de Lancastershire y con los derechos obtenidos por propiedades reales y regalías turísticas. El británico común apenas y paga .60 céntimos de Libra Esterlina para sostener a la Monarquía. Lo mismo sucede en Suecia donde el Rey Gustavo no recibe sueldo sino utilidades de las Empresas de la Corona y además paga impuestos, tal y como lo hacen los reyes de España, Dinamarca y Holanda.

La pregunta es ¿Dónde quedó la austeridad republicana?

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¡Feliz Día de la Independencia!

“Al Solio Augusto sube,  que ya nadie tu corona pende”

Para todos los mexicanos ésta es una fecha especial, es el día de nuestro nacimiento como Nación Independiente. Para los monarquistas y nacionalistas mexicanos ésta es nuestra verdadera Fiesta Nacional.

Un día como hoy pero de 1821, nuestro Augusto Emperador, Don Agustín I de Iturbide entró triunfante en la Ciudad de México después de una larga e intestina guerra que nos había traído desgracia y miseria. Una guerra llamada de emancipación, pero pésimamente organizada y liderada y que desde la muerte del General Morelos, no tenía rumbo, sentido ni futuro alguno. Sólo quedaban algunos insurgentes como Victoria y Guerrero, que se resistían a rendirse sólo porque de hacerlo serían pasados por las armas.

Ése es el panorama en que “un genio superior a toda admiración y elogio” como el de Su Alteza Serenísima, tomó las riendas de su Patria y le otorgó la libertad bajo las sagradas tres garantías de Independencia, Religión y Unión. Todos los mexicanos, independientemente de nuestra clase, posición social y raza acudimos al llamado del verdadero Padre de la Patria para liberar a nuestra Nación de la Corona Española que restringía nuestro glorioso futuro.

Es por eso, que el verdadero día de la Independencia de México es aquel en que se rompieron definitivamente los lazos con la Metrópoli y en que tomamos el destino de una Nación Independiente en nuestra manos. Es el 27 de Septiembre el verdadero día en que logramos el anhelado sueño de la libertad, en que recuperamos nuestro estatus de glorioso Imperio, ese estatus que algún con ayuda de la Divina Providencia volveremos a recuperar.

¡Viva México!

¡Viva el Imperio Mexicano!

¡Viva Nuestro Mártir Emperador y Padre de la Patria, Don Agustín I!

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Pronto estaremo…

Pronto estaremos a la publicación de más información sobre los Imperios Mexicanos, principalmente una interesante investigación sobre la legislación maximiliana, largamente ignorada por historiadores y juristas mexicanos, pero de gran avance e importancia, al grado de que algunos han llegado a denominarle la “Tercer Reforma”

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